Ciertamente, Chihuahua afronta un problema más. Aunque de facto, no es un problema nuevo y ni siquiera emergente, es una situación que ha estado ahí: presente para todas esas colonias y vecinos que la sufren cotidianamente, con la variedad de que ahora el problema se hace público, aun cuando en la plática diaria se registran amigos, conocidos y familiares víctimas de la delincuencia. Pese a ello, hasta hoy nos damos cuenta. Aparentemente.
Quizás, antes de lanzarnos a tratar de proponer alguna solución al problema de las pandillas, que de ideas podríamos llenar varias páginas y aun llevarlas a cabo –como se ha hecho en ocasiones anteriores- pero sin llegar a la raíz y con ello, a que la situación vuelva a presentarse. Tal vez debiéramos, entonces, acudir a los orígenes y preguntar: ¿a qué se debe, el fenómeno del pandillerismo?
El diccionario Océano, define el término de Pandilla, como: grupo de amigos que suelen reunirse para conversar o solazarse, también como: liga o unión y, como bando o bandería; aunque, también anota otra definición: la que forman algunos para engañar a otros o hacerles daño. A nosotros, nos interesa la primera y segunda definición. Porque de hecho, permítanos decirle que una pandilla no es necesariamente sinónimo de delincuencia. Las pandillas originalmente se forman en la primera acepción: como un grupo de amigos que se reúnen. El para qué se reúnen, es el asunto o la cuestión principal.
Porque lo cierto, es que la mayoría de nosotros si no es que todos, pertenecimos alguna vez a alguna pandilla. Yo lo hice, durante mi adolescencia. Crecí en la colonia Santa Rosa, allá en el fraccionamiento que está por el extinto parque de “Los Álamos”. Toda la muchachada nos reuníamos cada tarde de verano –en vacaciones, sobre todo- para platicar, jugar y divertirnos. Éramos dos bandos, los chiquitos, que no pasábamos de 15 años y los “grandes”, mayores de diecisiete. Pero todos en santa paz. ¡Ah! pero, eso sí, mi mamá siempre estaba al pendiente de que no me juntara con “los esquineros”, quienes eran muchachos mayores a ambos grupos y que no sé porqué o cómo le hacían, cada tarde, fuera verano o invierno, se juntaban en la tienda de la esquina, y se los veía fumar o tomar refresco y hasta una que otra cerveza. Al crecer un poco más, me hice miembro de otra pandilla. Y hasta nombre tenía, se llamaba “Liga de Jóvenes” de nuestra Iglesia, la Iglesia Metodista “Trinidad”. Ahí, no sólo nos divertimos sino que además aprendimos a socializar y estrechamos lazos de amistad.
¿Qué quiero decir con todo esto? Pues, sencillamente, que las pandillas siempre estarán ahí. El preadolescente y el adolescente, invariablemente buscará un grupo al cual pertenecer. Se sabe que en esta etapa, el adolescente adquiere una nueva consciencia de sí mismo, y también empieza a interesarse por otras personas. Le interesa saber lo que otros piensan de él o ella, especialmente: el sexo opuesto. Hay que entender, que en el adolescente existe un deseo nato y hasta podríamos decir: ferviente, de pertenecer al grupo, de identificarse con los demás: ésta, es una necesidad de filiación. Y debido a que no existen puertas por las cuales pueda entrar al mundo de los adultos, le parece que la única solución es volverse hacia un grupo de compañeros, para encontrar la aceptación y comprensión que desea.
De esta manera, el adolescente cree que tiene que adaptarse a las actitudes y costumbres de sus amigos, para ser socialmente aceptable y para estar al nivel de ellos. Por lo que se amolda a sus normas y esto, aun cuando la conducta resultante no agrade a sus padres o incluso, viole sus propias convicciones. El grupo –pues- le brinda al adolescente la oportunidad de aprender a adaptarse socialmente. Y es así como, el adolescente con deseos de independizarse del dominio paterno, con frecuencia se asocia a otros jóvenes de su misma edad y hasta mayores que él, quienes también tienen la misma aspiración. De este modo, dice Gary Collins, en su libro “Hombre en Transición”, el grupo le ofrece seguridad social y un escape de los irritantes controles paternos, y además, le proporciona un estado social legal y privilegios de grupo.
Dicho autor, advierte también que el problema más importante del adolescente y más, que solamente el independizarse, es encontrar un “sentido de identidad”, un concepto claro de sí mismo. En síntesis, lo que realmente le interesa, es la respuesta a las preguntas “¿Quién, soy yo? ¿Para qué, estoy aquí? Y ¿Hacia dónde voy?” Y ésta más que una crisis de identidad, pareciera consistir en una crisis de perplejidad, que resulta de sentirse perdido cuando se pregunta qué es lo que los adultos o las personas normales han experimentado respecto a temas tales como sexo, amor, vocación profesional, religión y hasta, política. Créalo o no, esas preguntas siempre presentes en todos nosotros, aun en los adultos, se constituyen en algo primordial para el adolescente. Desatender este hecho, como padres y como sociedad en su conjunto, es un error que puede llevar a graves consecuencias. Como las que comentamos antes: pandillerismo y delincuencia.
Por lo tanto, la respuesta a ello, pareciera que reside: en la familia, por su carácter formador. Y no se trata sólo de comunicación, como comenta nuestro buen amigo, el doctor Javier Contreras Orozco, director de El Heraldo de Chihuahua, al decir que hoy en día todo lo queremos solucionar con “comunicación”, como si ésta por sí sola, fuera la solución a cuanto problema afecta a nuestra comunidad. No. Me parece que va más allá de una buena comunicación y apunta, como muchas veces se ha dicho: a la pérdida de valores. Pero ¿qué tipo de valores? Bien, valores tales como la templanza, la caridad y el pudor; el respeto, la sencillez y la fe; la prudencia, la comprensión y la flexibilidad, en fin, David Isaac, en su libro “La Educación de las virtudes humanas”, anota por lo menos veinticuatro. ¿Cómo la ve? Éstos no son valores que se aprendan en la escuela, ni siquiera en las Iglesias. Son valores que se viven y se muestran. Valores que nuestros hijos tienen que ver en sus padres, en sus maestros, y en las personas de autoridad que los rodean.
Por nuestra parte, diremos que nunca me junté con “los esquineros” de mi cuadra, pese a que los conocía y saludaba por nombre. No lo hice, tanto porque mamá y papá estaban al pendiente mío y también, porque como que “no checaban” con lo que yo quería llegar a ser, con lo que mis padres me inculcaron y que después, adopté. Una meta y una idea, solamente eso.
¿Qué quiere usted para sus hijos? ¿Qué quiere que lleguen a ser cuando sean grandes? No creo que ninguno de nosotros y mucho menos la sociedad, espere que sus hijos lleguen a ser pandilleros delincuentes y terminen en la cárcel o peor aun, muertos en las calles. La verdad, es que deseamos buenas cosas para ellos. Pero estas “buenas cosas” no suceden, así nomás porque sí, se inculcan desde pequeños, se construyen en el diario vivir.
Jesucristo dijo que “si ustedes, siendo malos, saben dar buenas cosas a sus hijos ¿cuánto más, su Padre que está en el cielo, les dará todas las cosas?” Este deseo, presente en el corazón de los padres, de dar buenas cosas a los hijos, viene de Dios. ¿Usted ya sabe, qué quiere para sus hijos? ¿Ya se detuvo un poquito y se dispuso a pensar y delinear, el futuro de sus niños? ¿Qué está haciendo al respecto? Construya, edifique en ellos la imagen que en su interior tiene. ¿Cómo los ve? Triunfantes, exitosos, felices. Con esperanza, leales, humildes y optimistas. Autosuficientes, aunque sin llegar al extremo de la arrogancia. Háblele desde pequeño, dígale que él es un triunfador, porque lo es. Que es un campeón, porque ciertamente, lo es. La Biblia dice que lo podemos todo en Jesús, que nos da la fuerza para ello. No le coarte su futuro; mejor, porqué no le abre el horizonte: ni su hijo ni usted, están solos. Su niño tiene un Dios que todo lo puede y usted también. Construya hoy en su pequeño, lo que será mañana: un hombre y una mujer de bien. De bien para él mismo, para su familia y también, para la sociedad. Hacerlo… Eso, depende de usted.