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¿Quién Dijo que Sería Fácil? PDF Imprimir E-mail
Escrito por administrador   
Lunes, 29 de Diciembre de 2008 22:44

alt Por alguna extraña razón, sostenemos la idea de que las cosas debieran ser fáciles o por lo menos, resultarnos fáciles. 



Además, vivimos con el pensamiento de que “tan pronto como lo consiga, seré feliz” o bien “si al menos tuviera esto o aquello, sería feliz”  Y de esta manera nos pasamos la vida, creyendo que el pasto del vecino es más verde que el nuestro. Tan pronto como consiga ese trabajo -nos decimos- ese carro o esa casa; me case o me divorcie, según sea el caso, alcanzaré la felicidad. Por otro lado, si tuviera un poco de amor, de reconocimiento, de tranquilidad, estaría feliz.  
 
 
 
El asunto aquí no es en sí: la felicidad, porque la felicidad es un bien en sí mismo y por lo tanto, una tendencia natural que como seres humanos poseemos. El problema son los condicionantes que le anteponemos, es decir, que condicionamos nuestra felicidad a conseguir esto o a tener aquello.    Pero además, pretendemos que nos sea fácil hacerlo. ¿Quién dijo que sería fácil? ¿De dónde sacamos la idea de que las cosas han de ser fáciles?
 
Nadie dijo que fuera fácil. Nadie. O qué acaso ¿es fácil estudiar, trabajar o entrenar? ¿Atender la casa, los niños, esposo, padres, hermanos? ¿Estar al cuidado y al pendiente de las amistades lejanas y cercanas? ¿Mantener y mejorar la comunicación entre los esposos? ¿Con los hijos, el jefe y compañeros de trabajo? Bueno, ni siquiera la diversión y el esparcimiento son fáciles. La mayoría de las veces no sabemos a dónde ir o con quiénes salir o siquiera, qué hacer para divertirnos.   
 
Nadie dijo que fuera fácil. La vida no lo es. Ni siquiera Dios mismo dijo que lo fuera. Él dijo que en el transcurso de nuestra vida tendríamos problemas o aflicciones, y más aun que habríamos de sufrir hasta persecución. ¿De dónde, pues, sostenemos entonces el concepto de la facilidad? Lo cierto, es que nada es fácil, porque todo implica esfuerzo.     Aunque Jesucristo añadió: No teman, porque Yo he vencido al mundo.
 
De esta manera, tenemos por un lado nuestra tendencia natural para buscar la felicidad; pero también, compartimos la idea generalizada de: la facilidad.   Felicidad y facilidad. Que tampoco, es un juego de palabras. Ambos conceptos se constituyen en aspectos primordiales de nuestra vida y tan es así, que la definen o delimitan; porque vivimos infelices por dos cosas: lo que no hemos podido alcanzar u obtener y aquello que nos hace batallar.   Se diría que mantenemos la ley del mínimo esfuerzo: QUEREMOS SER FELICES, FÁCILMENTE y esto, sencilla y llanamente, no existe. Nadie dijo que fuera así, porque no lo es.
 
Y que me disculpen los jóvenes por destruir en ellos este mito. Porque sólo es eso: un mito y no una verdad, que tampoco corresponde a la realidad. Si no lo creen, están en libertad de hacer una pequeña prueba. Pregunten a cinco o diez amigos suyos, de hecho la cantidad no importa, en dónde creen ellos que está la felicidad. Y esto va para todos, de todas las edades, pueden hacerlo también. La respuesta común que escucharán será que en esto o en aquello. Salud, dinero y amor, ajá. Porque sujetamos la felicidad a algo o la suscribimos en alguna cosa y lo hacemos hasta en una persona: el chico o la chica de sus sueños, por ejemplo.   Pero entre tanto que lo obtenemos, nos sentimos infelices. Y la paradoja es que una vez que “nos llega”, porque hasta eso queremos que ella (la felicidad) venga a nosotros: ya no nos satisface. Vamos por otra cosa. Y otra, y otra más, sin lograr ser del todo felices. Por lo que este modo de búsqueda resulta al parecer, infructuoso; es decir, que el buscar este tipo de felicidad condicionada a esto o aquello, es totalmente imposible de lograr. Y nos preguntamos ¿en dónde pues está la verdadera felicidad? 
 
Veamos; si la felicidad no se encuentra en algo material, como una casa, por ejemplo, porque luego hay que amueblarla, enrejarla y mantenerla; o en el carro del año, por las consecuencias económicas que conlleva: gasolina, composturas, llantas, etc. Así como tampoco en algo intangible, como un puesto superior, porque implica presiones, estrés, insomnio y otras monerías. Y menos aun, la felicidad depende de las circunstancias, porque cuando se acaba el dinero, el paseo, la comodidad o la diversión, se termina lo que llamamos felicidad. Entonces ¿en donde pues, está la felicidad?   En lo más sencillo e inadvertido por todos. La felicidad está en cada uno de nosotros.
 
Sí, la felicidad está en nosotros mismos. Está en el día a día de nuestras vidas. Está en la cotidianidad de la vida diaria. Y no hablo de las cosas simples de la vida, como las florecitas o los pajaritos. Hablo de nosotros mismos. La felicidad no está afuera sino dentro de nosotros mismos. No es de afuera hacia adentro sino de nuestro interior hacia lo que nos rodea. Entonces, digo que la felicidad es una actitud. Una decisión que adoptamos. Las actitudes se derivan de las decisiones que tomamos. Si hoy decidimos no levantarnos, pues no lo hacemos y nuestra actitud para este día, será de flojera, enojo o tristeza, dependiendo del motivo por el cual no quisimos levantarnos.   Y claro, de total infelicidad. Por ello es que se trata de actitud, una actitud que no es fácil asumir.
 
Habíamos dicho que nada es fácil y que todo cobra esfuerzo.   Bien, pues la felicidad es una actitud que no es fácil asumir.   Se decide ser feliz o de lo contrario, se decide ser infeliz. Así de simple y así de sencillo. Acaso ¿entonces, lograr la felicidad es difícil? Bueno, pues ya vimos que no es fácil. Pero tampoco es del todo difícil. Es tan sencillo como decidir. Decidir esforzarse en ser feliz. Disfrutar la vida y el día a día. Estar contento con lo que tienes, con lo que eres y con lo que haces. Es actitud. Y es, contentamiento.
 
El apóstol Pablo, cierta vez dijo que sabía vivir humildemente y también que sabía vivir en abundancia, porque había aprendido a contentarse cualquiera que fuera su situación. Y añadió, que estaba enseñado a estar saciado y a tener hambre, a tener en abundancia, así como a padecer necesidad.   Por lo que les recomendaba a todos, que estuvieran contentos con lo que ahora tenían. Esto bien puede definirse como felicidad, el contentamiento y la alegría con el día actual, con el hoy y el momento en que vivimos. 
 
Pero que tampoco se mal entienda, el contentamiento no es sinónimo de conformismo, resignación o mediocridad.    Pablo dijo que había aprendido a contentarse cualquiera que fuera su situación, y si él tuvo que aprender, y además fue enseñado a hacerlo, entonces no se trata de conformismo; pues hasta ahora, no se sabe de alguien que se empeñe en aprender y ser enseñado a conformarse y con ello, a dejar de aspirar, desear o anhelar. ¿Cómo pues, es posible estar contento sin ser conformista o mediocre?
 
Es posible estar contento y en paz, gracias al propósito que cada uno cumplimos en nuestra vida. Satisfechos con lo que hacemos, porque añadimos un ladrillo más a aquello que construimos. En paz, porque cada día: aprendemos de nuestros errores, para ser mejores personas. Tranquilos, porque edificamos como arquitectos de nuestro propio destino: decidimos vivir en la Luz o en las tinieblas. Porque hoy sembramos lo que mañana habremos de cosechar.
 
 Tener un propósito en la vida, es lo que orienta y dirige a cada persona. Todo aquel que tiene un objetivo o una meta final que cumplir, tiene contentamiento y tiene gozo. Por lo tanto, es un hombre y una mujer feliz. Porque, todos y cada uno de nosotros, tenemos un Propósito que cumplir en esta vida. ¿Usted, ya sabe cuál es el suyo? Hay un Buen propósito para tu vida.  Un Propósito que Dios ha dispuesto sólo para ti.  La pregunta es: ¿lo conoces?
 
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