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Escrito por Administrator   
Miércoles, 15 de Julio de 2009 13:38


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Sana de Parkinson
  Por la fe de una hija. 

Hace poco más de seis años, mi mamá: Eva López, enfermó y fue diagnosticada con el Mal de Parkinson.   Dios la sanó, sin rayos, truenos o actos extremos: un día cualquiera, mamá no tuvo más Parkinson.  Por ello, es que glorifico a Dios.
 
   
Hace poco más de seis años, mi mamá : Eva López, enfermó y fue diagnosticada con el Mal de Parkinson, para lo cual se atendió por espacio de 4 años con un médico en ciudad Juárez. Una de mis hermanas, la convenció para que se atendiera en la ciudad de Chihuahua, donde todos vivimos, porque implicaba viajar cada seis meses hasta aquella ciudad.   De esta manera, mi madre continuó su atención médica con otro neurólogo en esta localidad, por espacio de dos años más.
El especialista, le cambió los medicamentos y mi madre se sintió un poco mejor. Sin embargo, su salud empezó a decaer hasta el grado de perder el control del movimiento sobre su cabeza y poco a poco, perdió la fuerza en sus piernas. Situación, que para ella: una mujer activa que no paraba de la mañana a la noche, fue lo peor que pudiera pasarle. Tendida en cama o sentada en algún sillón, mi madre se sumió en una profunda depresión. 
Yo conocí al Señor Jesucristo, hace cuatro años. Fui sana de cáncer y Él restauró mi matrimonio. Mi gozo no era completo, porque me dolía muchísimo ver cómo mi madre se deterioraba tan rápido, cuando se suponía que las medicinas debían controlar los movimientos involuntarios:  mermaban unos y aparecían otros. Invité a mamá a la Iglesia y oramos por ella a nivel congregacional (todos los miembros, ahí presentes) pese a que al parecer no sucedió demasiado –mamá, seguía poniéndose mal cada vez que la visitaba- así, que me propuse presentarla delante del Señor, en cada reunión semanal de oración en mi Iglesia, esto, por espacio de casi un año. 
Casi un año, y no se veía mejoría alguna. Mi fe fue puesta a prueba, una y otra vez, pero pude constatar lo que dice la Palabra del Señor, que: nosotros no andamos por vista sino por fe. Oraba por mi madre y pedía a los hermanos oración por ella, los viernes. Al domingo siguiente, la visitaba y mamá peor. Fue una lucha, tengo que reconocerlo. Un día, recuerdo, el domingo 21 de Junio del actual (2009) fuimos a visitarla; ese día en particular, mi fe llegaba a sus límites, estuve llorando en el Altar por un buen rato. Lloraba de tristeza por ver a mi madre tan disminuida, lloraba de desesperación por no poder hacer nada por ella y lloraba de impotencia por una fe que –sentía- estaba a punto de perder. Llegamos a la casa paterna, pero mi madre no estaba, por que andaba sacándose una Resonancia Magnética en una institución de salud pública, debido a que otra de mis hermanas –que es doctora- había pedido una tercera opinión. ¿El resultado? NADA DE PARKINSON. Otra vez: NADA DE PARKINSON.
El médico dijo que se trataba de una antigua lesión en el cráneo, o quién sabe qué. Lo cierto es, que mamá: NO TIENE MÁS PARKINSON. Le quitó todos los medicamentos que le recetó el neurólogo particular, le dio otros y hoy por hoy, mi madre ha vuelto a ser ella: nada de depresión, nada de movimientos involuntarios. Se levanta, va y viene, nos llama, sale y entra: no para en todo el día. ¡Gloria a nuestro Dios! Dios es bueno.   Porque, al que cree: todo le es posible. No te canses de creer. Tú haces la diferencia, en el nombre de Jesús. Esto, aunque algunos puedan pensar que lo que pasó con mi mamá fueron solamente coincidencias, que dos médicos especialistas en Neurología –en ciudades distintas- la diagnosticaran y trataran del Mal del Parkinson, y que de repente a otro neurólogo se le ocurriera hacerle un estudio para que de repente, también, no tuviera Parkinson.  Ajá.  Para los que creemos en Dios, sabemos que es su Mano moviendo todo a favor de mi mamá y por lo tanto, es una oración contestada.   ¿Cómo dice la Biblia? Ah, sí. Si éstos callaran, hasta las piedras hablarían. Porque no soy piedra ni quiero que una piedra me sustituya: hablaré y no callaré: EL SEÑOR JESUCRISTO, SANÓ A MI MAMÁ.
 
Ana Irigoyen López
 
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